No había casi nadie en la sala, se ve que Dan Brown nunca pasó por allí. Me sorprendieron dos minúsculos cuadros junto a la puerta, uno en cada lado de la pared. Enseguida me di cuenta del autor: el pintor olvidado más famoso de todos los tiempos. Supongo que cada momento histórico tiene sus genios, maestros de humildad sin talento para el merchandising. Uno de ellos es Vermeer, autor de pequeñas joyas de luz y color. Me gusta mucho Vermeer, pero hay algo que se me escapa de su mirada. Antes de pintar, el pintor ha de mirar, y el que se acerca al lienzo acabado debe tratar sobre todo de comprender la mirada del pintor. A lo que iba: de repente, en esa sala medio vacía del Louvre, me topo con dos lienzos de tamaño reducido, a primera vista insignificantes: una chica haciendo labores de costura, un hombre ligeramente inclinado con un globo terráqueo al fondo. Acostumbrado a las copias del pintor en tamaño grande, lo que más sorprende de los cuadros al natural es el tamaño. La belleza es simetría y proporción, pero también sorpresa. Después de maravillarme ante los vestigios de la época de Asurbanipal y de contemplar las enormes dependencias de Napoleón III, no podía pensar que mi viaje a París quedara marcado por unos trozos de tela no más grandes que la pantalla de mi ordenador.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
De repente, Vermeer
No había casi nadie en la sala, se ve que Dan Brown nunca pasó por allí. Me sorprendieron dos minúsculos cuadros junto a la puerta, uno en cada lado de la pared. Enseguida me di cuenta del autor: el pintor olvidado más famoso de todos los tiempos. Supongo que cada momento histórico tiene sus genios, maestros de humildad sin talento para el merchandising. Uno de ellos es Vermeer, autor de pequeñas joyas de luz y color. Me gusta mucho Vermeer, pero hay algo que se me escapa de su mirada. Antes de pintar, el pintor ha de mirar, y el que se acerca al lienzo acabado debe tratar sobre todo de comprender la mirada del pintor. A lo que iba: de repente, en esa sala medio vacía del Louvre, me topo con dos lienzos de tamaño reducido, a primera vista insignificantes: una chica haciendo labores de costura, un hombre ligeramente inclinado con un globo terráqueo al fondo. Acostumbrado a las copias del pintor en tamaño grande, lo que más sorprende de los cuadros al natural es el tamaño. La belleza es simetría y proporción, pero también sorpresa. Después de maravillarme ante los vestigios de la época de Asurbanipal y de contemplar las enormes dependencias de Napoleón III, no podía pensar que mi viaje a París quedara marcado por unos trozos de tela no más grandes que la pantalla de mi ordenador.
domingo, 4 de septiembre de 2011
Leer sobre el agua
No conoceríamos los detalles de la primera vuelta al mundo que llevaron a cabo Magallanes y Elcano hace casi cinco siglos de no ser por que abordo de una de las naves de la expedición se encontraba Antonio de Pigafetta, el cronista de la hazaña. Por lo que parece el tal Pigafetta no era un gran escritor, pero al menos tuvo el mérito de sobrevivir hasta el final del viaje -en lo cual superó al propio organizador de la aventura- y dejarnos el valioso testimonio de sus crónicas. Sin ellas posiblemente Stefan Zweig nunca hubiera escrito una biografía sobre Magallanes y a mí no se me hubiera ocurrido leer sobre este suceso histórico tan lleno de luces y sombras. Por decirlo de otra forma: me parece más importante disfrutar leyendo que aprender mediante la lectura. De ahí mi afición por Stefan Zweig, un autor que transforma en entretenido cualquier tema que aborde.
Mi admiración por Stefan Zweig surgió no hace mucho; fue al leer la pequeña biografía de Montaigne que escribió poco antes de morir, en su exilio brasileño. Nunca hubiera podido pensar la influencia que el escritor austriaco habría de tener sobre mis hábitos de lectura. De hecho, la mayor parte de lo que he leido a partir de entonces ha sido a raíz de obras de Zweig, que han despertado mi curiosidad sobre determinados autores o periodos históricos.
Leer a Stefan Zweig es siempre gratificante, escribe pensando en el lector y en nadie más. No experimenta con el estilo, no se deja llevar por ningún deseo de grandiosidad. Escribe claro, preciso, maneja ideas muy elaboradas que son sustentadas con sólidos argumentos, datos y hechos. Parece que las frases nacen directamente de su pluma y que no necesita corregir apenas nada en sucesivas versiones. Con cada libro que pasa por mis manos va creciendo mi asombro, mi admiración y mi gratitud hacia ese escritor que acabó cansado de su propia existencia y del mundo que le rodeaba. Su final fue triste pero su legado una joya que podemos disfrutar cada día: al igual que el nombre de John Keats en el famoso epitafio, parece que las obras de Zweig se escriben sobre el agua, tal es el placer que produce su lectura.
miércoles, 24 de agosto de 2011
El orden de las cosas
¿Cómo explicar que surja belleza a partir del choque aleatorio de los átomos? A algunos les basta con negar la belleza, o pasarla por alto, y hacen una filosofía basada en estructuras y dialécticas a partir de las cuales se puede explicarlo todo. El orden es previo a la belleza, o dicho de otra forma, sin orden no hay belleza posible. Sólo a partir de las matemáticas puede concebirse un arcoiris, como un pentagrama cuyos signos pueden producir una melodía.
martes, 19 de julio de 2011
Deseo de aventura
Pocas películas resumen mejor el innato deseo de aventura que llevamos dentro que "Los Goonies", un clásico de los años 80 que narra las peripecias de un grupo de adolescentes en un pueblo costero de los Estados Unidos. Aprendemos de la película que aventurarse en algo significa - aunque no lo queramos - meterse en un lío tras otro hasta llegar al deseado final, en este caso un magnífico tesoro de piratas de cuya existencia daba fe un polvoriento y olvidado mapa. El camino está lleno de dificultades, peligros, desafíos a la resistencia física y mental de los protagonistas. La película nos enseña - así yo al menos lo recuerdo - que tal vez la mejor receta para alcanzar el éxito sea no pensar demasiado: dejarse llevar por la intuición y desarrollar el instinto de supervivencia para poder dar un paso adelante o al costado en función de las circunstancias. El coraje de los individuos y la inquebrantable unión del grupo es lo que otorga a "los goonies" la llave del éxito. A ello hay que unir una pizca de suerte y un punto justo de locura. En efecto: sin un "razonable" punto de locura ningún proyecto verdaderamente apasionante se podría llevar a buen puerto. No me equivoco si afirmo que casi todos olvidamos, en un determinado momento de nuestra vida, esta sencilla y útil lección.
sábado, 16 de julio de 2011
El lenguaje de los peces
El que sabe no habla, el que habla no sabe. La idea de Dios nace con la palabra, ante el asombro del primate que empieza a comprender, tras observar los ciclos de la naturaleza, el sentido de la repetición. Con la palabra surge la verdad, y con ella, su compañera más fiel, la mentira. Verdad y mentira cohabitan armoniosamente como el poder y la bondad, en un mundo de orden donde el caos nos ayuda a conocer el rostro de la divinidad. En realidad no hay orden posible en un mundo en constante mutación, en el que el ruido se cuela por cualquier rincón y es preludio del dolor, el auténtico emisario del gran Todo. La idea de Dios como algo necesario e imposible de entender nace con la palabra y muere con el silencio, con un silencio que es más prueba de resignación que de entendimiento. Conforme el silencio va gananado terreno a lo demás, desaparece la geometría, la necesidad del orden. En fin, dejo a un lado los rotuladores y su lógica orientada al número tres, con todo lo que ello conlleva. Con la llegada de la acuarela, me voy acercando suavemente al lenguaje de los peces, con la alegría de un niño que descubre por primera vez el oleaje del mar y roza con sus manos el océano.
miércoles, 13 de julio de 2011
El camino de Paul Klee
Hasta hace bien poco sentía bastante indiferencia por la obra de Paul Klee; de vez en cuando me topaba, por azar, con alguno de sus cuadros y me decía: ¡vaya, qué bonito!, y seguía hacia adelante sin hacerme más preguntas. Sin embargo, he de reconocer que hay algo en Paul Klee, en los cuadros que he visto aquí y allá, generalmente en libros de arte y no en museos, que me atrae cada vez más. Sus cuadros rebosan sencillez y complejidad al mismo tiempo, comparte en alguna medida la genialidad de Mozart. Detrás de sus cuadros no parece haber ni técnica ni esfuerzo, pero la imagen queda ahí, clavada en las pupilas primero y en la memoria, más tarde, del observador, como un desafío a su inteligencia o su sensibilidad, que viene a ser lo mismo. Si pensamos en Miró, por ejemplo, el pintor poeta por excelencia, descubrimos con relativa rapidez la técnica que le permite crear un estilo único. Miró juega a ser niño y lo consigue con naturalidad y maestría a partir de cuatro trazos, formas y colores. Al ver un cuadro de Miró, uno lo reconoce por su semejanza con los anteriores, aunque el tema sea diferente. En el caso de Klee, los cuadros difieren mucho unos de otros pero todos guardan algo en común, algo misterioso y difícil de explicar. En fin, veo sus cuadros y me apetece pintar con acuarelas.
lunes, 6 de junio de 2011
Jardines de piedra
Tras varios años de fallidos intentos, he logrado acabar "El laberinto de las sirenas", la segunda novela de la serie "El mar" de Pío Baroja. Si he seguido insistiendo ha sido por la fascinación que me causó la lectura de los demás libros de la serie, comenzando por "Los pilotos de altura", una novela llena de personajes inolvidables, acción y aventuras en los rincones más variopintos del mundo, desde el África ecuatorial al Mar de la China. En "El laberinto de las sirenas", el lector debe llegar a la mitad del libro para enterarse de qué va la cosa. ¡Cuántas historias en una! El protagonista es al inicio el propio escritor, luego una aristócrata de Calabria, más tarde un multimillonario norteamericano, después un irlandés "dilettante" con vocación poética, y siempre entre medias, un marino vasco decidido y valiente. En fin, salvo los nombres de los protagonistas, todo parece tan verídico que produce una enorme tristeza llegar a la última página del libro. He buscado en internet comentarios a la novela y he encontrado uno del 2003, en el que una chica se lamenta de que en el resumen del libro facilitado por la editorial se diga que el marino es español y no vasco. Si Baroja levantara la cabeza...
***
La disgresión es uno de los elementos que caracterizan los ensayos de Montaigne. Se comienza por tratar el tema del honor, por decir un caso, y se acaba elogiando la arquitectura típica de los países meridionales.
***
Me parecen bonitos los cementerios, en especial los de los pueblos pequeños, en los que uno puede pasear tranquilamente y admirar las tumbas sin sentirse mal por ello. En estos pequeños camposantos no suelen faltar flores frescas junto a un gran número de lápidas. Al contrario que en la gran ciudad, es posible realizar el luto por el ser querido de forma cotidiana y natural. Para el paseante ocasional, no deja de ser un lugar para reflexionar con sosiego acerca de las cosas que verdaderamente importan. Como decía Malraux: "la muerte sólo tiene importancia en la medida en que nos hace reflexionar sobre el valor de la vida".
***
París: quisiera ir allí antes de irme de vacaciones de verano. Tal vez volver a Cluny, visitar el Louvre y alguna iglesia gótica de magníficas vidrieras. Si tengo tiempo y ganas, también las catacumbas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)