lunes, 11 de abril de 2011

El fin de la abstracción


El mundo se materializa en lo concreto: el punto de partida de todo lo creado es la necesidad (la libertad viene después, para tapar los huecos). Descartados mitos y dioses antropomórficos, bajo la geométrica mirada de Spinoza y su tela de araña de teoremas y escolios, el hombre racional queda atrapado, sin más ayuda para entenderse a sí mismo que su pequeña conciencia y sus pasiones de andar por casa. Así se explica que el hombre busque la alegría casi siempre en el lugar equivocado, que en lo moral no haya evolucionado desde hace siglos. Con el paso del tiempo ha cambiado tan sólo el estilo, la forma de decir las cosas. Por mí parte, he sentido la vieja alegría de reencontrarme con un libro de Baroja en el que se refleja una visión de Europa mundana y jovial. Se trata de un mundo al que me gusta volver de vez en cuando, tal vez por la necesidad de toparme con una realidad que ya no existe. De esa ficción construida por el escritor formo parte como entretenido observador. En fin, salgo de Baroja y me topo otra vez con la cruda y pequeña realidad temporal de cada día. Con el fin de la abstracción llega el triunfo de lo concreto, la necesidad de adaptarme al presente y sus circunstancias.

jueves, 3 de marzo de 2011

Descubriendo el sur


Acompaño a Nietzsche en uno de sus últimos viajes, según el relato deslumbrante de Stefan Zweig. En tierras meridionales, en esa región geográfica pero también simbólica que el escritor austriaco denomina "el sur", se dice que disfrutó el filósofo de un clima propicio a la sensibilidad de sus nervios. Lo curioso del asunto es que lejos de dulcificar su carácter, el pensamiento de Nietzsche se fue inflamando con el contacto del sol, y en los últimos años de lucidez su escritura se convirtió en un poderoso martillo que destruía todo lo que de humano se hallaba a su paso. Demasiada soledad para tan bonitos paisajes, supongo yo. Se puede decir con palabras gruesas que con su filosofía contraria a todos los valores de la época, Nietzsche anticipaba en realidad la destrucción de Europa. Lo cierto es que pocas veces un hombre tan solitario, tan encerrado en sus propios pensamientos, ha sabido explicar tan certeramente el destino de una generación, de todo un pueblo (el suyo, básicamente). En la lucidez del escritor pero también en su obsesiva racionalidad reside la paradoja; y es que en el punto de ser devastado por la locura, a pocos pasos del abismo, Nietzsche (como también hizo Hölderlin a su manera) anunció la llegada del horror sin que nadie le hiciera caso, anticipó en definitiva el final de Europa como encarnación del progreso. Para vaticinar todo el mal que se cernía sobre el continente, Nietzsche tuvo que emigrar al sur, lejos de su Alemania natal, en una tierra donde pudo encontrar la fuerza y la tranquilidad necesarias para acometer su gigantesca misión de poeta visionario. Su último refugio, antes de perder la razón, fue la música. En aquel momento último no le quedaron amigos, ni religión, ni patria, ni otros asideros a los que aferrarse. Sólo con la música pudo escapar, de forma intensa aunque fugaz, del terrible destino que él mismo había imaginado.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Sueña Scardanelli


Cuando duerme su excelencia, alcanza a ver en brumas el joven rostro del poeta. En el sueño del poeta aparece Diotima, más hermosa que nunca, pero a la vez más distante. Para su excelencia, la primavera ya pasó, en la humilde casa del carpintero el otoño transcurre indefinidamente, ajeno al tambor de las revoluciones, indiferente a todo lo relacionado con el devenir de Europa. Las obras de Stendhal aguardan anónimas en el cajón de una biblioteca. Pronto Nietzsche perderá la conciencia de si mismo, toda su voluntad vital será reducida a un cortocircuito de enloquecidas neuronas. La filosofía se convertirá más tarde en la antítesis de la música celestial. Sin renunciar a la palabra, a lo que nos hace verdaderamente libres, conviene abandonarse de vez en cuando a la alegría que surge de los violines de Johann Sebastian Bach. También a los colores que nada explican ni pretender reflejar. Hölderlin pagó un precio muy alto por su osadía y se transformó en Scardanelli, su decrépita sombra.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Conexiones


Siempre me han gustado las películas de Clint Eastwood. La última, "hereafter" (más allá de la vida), me ha sorpendido por lo bonita y entretenida que es. Pocas cosas sobran en esta película, con la ayuda de grandes y pequeñas piezas se completa un maravilloso puzzle acerca de la soledad y su reverso, el amor. No se equivoca Eastwood cuando trata el delicado tema de la muerte a través de la comprensión del amor, que es el otro gran límite con el que se topa nuestra razón. Para el director norteamericano, la muerte y el amor están tan entrelazadas que hablar de una cosa le lleva casi siempre a hablar de la otra. Ya lo hizo en los Puentes de Madison y Million dollar baby. En esto me recuerda a los griegos clásicos y los románticos del siglo XIX. Pienso en una imagen en particular: la amada de John Keats jugando con mariposas en una habitación cerrada mientras lee una de las perfumadas cartas del poeta. Nuestra época ha abandonado hace tiempo tantas florituras, fagocitada como está por el poder de las nuevas tecnologías, por la posibilidad de hacer negocio con cualquier cosa rodeada de un buen envoltorio. Tal vez por ello, la modesta mesita desde la que imaginaba Dickens sus personajes es sustituida por una enorme mesa de metacrilato que un equipo de guionistas utiliza para preparar una biografía de encargo sobre Miterrand. Una reflexión a este respecto, trivial e improvisada: si desaparece la literatura, el espacio donde la ficción explica la realidad de forma creible, ¿cómo comprender nuestra propia subjetividad, cómo entender las múltiples ficciones que configuran -aunque no queramos reconocerlo- lo que en realidad somos?

domingo, 23 de enero de 2011

Más allá de la palabra


Ordet: la palabra. Con esta película se resumen las preocupaciones vitales de Sören Kierkegaard, el filósofo de la existencia, de la subjetividad y de la fe. Dice Kierkegaard que la fe es una pasión, un sentimiento. Reflexionar sobre la fe es así un ejercicio inútil, ya que la fe es incompatible con la razón, o al menos la razón se revela como insuficiente para alcanzar la fe. Desde un plano ético, se puede admirar al que tiene fe pero poco más: nunca se le podrá comprender.

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Dios pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. Abraham obedece en silencio, tal es su fe por Dios. No dice nada a nadie porque nadie podría comprenderle. Cuando en la cima de la montaña empuña el cuchillo con el que ha de ejecutar el sacrificio, escucha la voz de Dios: ha pasado la prueba de la fe e Isaac podrá seguir viviendo. Abraham respira al fin, su silencio ha sido recompensado. No bastaba con creer, con tener el cuchillo preparado para la horrible ofrenda, era necesario además callar, aguantar la prueba en un absoluto e incomprensible silencio.

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Más allá de la palabra se situa el amor, la expresión más alta de la generosidad humana. ¿Pero qué es el amor sino renuncia? Detrás de toda renuncia, hay sin embargo un motivo de celebración. La vida ha de ser, por encima de todo, algo alegre. Esta es la paradoja: el hombre es un ser que, pese a su precaria condición, puede alegrarse, es la manera que tiene de vencer al absurdo. Todo pensamiento y acción han de conducir, en última instancia, a la búsqueda de la alegría. Si el absurdo se vive en silencio, la alegría se encuentra acompañada de la palabra. Más allá de ésta se encuentra el amor, o lo que es lo mismo, la superación del absurdo a través de una generosidad sin concesiones.

jueves, 13 de enero de 2011

La sonrisa oculta


He cabalgado junto a Hyperion a lo largo de las costas de la antigua Grecia. Un amanecer divisamos al fin la silueta de la Acrópolis y casi sin quererlo escuché el nombre de Diotima. Entonces dijo mi amigo sin dejar de sonreir: "sé que nunca la volveré a ver". En aquel momento no pude comprender sus palabras, como tampoco pude comprender su plácida sonrisa. Muy a mi pesar, entendería después, ocurrió aquello que presagió mi amigo, y de ese viejo amor primaveral no quedaron luego más que unas emotivas cartas que anticipaban el final de todo, un tímido saludo hacia la eternidad. Supongo que así de terrible debe mostrarse a veces la literatura, incapaz como es de confundirse con la vida cuando ésta se muestra modesta y rutinaria. Habitando como lo hago en el territorio de lo convencional, de lo previsto, hay algo en mí que acepta de buen grado el baño de la irrealidad, las cálidas montañas color violeta que dibujaba Hölderlin fundiéndose con las frías aguas procedentes de un lago de Suiza, por esbozar una imagen. A pesar de mi naturaleza racional, de este fardo que debo soportar con resignación, más de una vez me digo con ilusión desbordada: ¡Ay si pudiera volver a sentir en mi piel aquellas aguas cristalinas! En el fondo, todo está dentro de lo correcto si uno es capaz de mantener un moderado equilibrio entre la realidad y la ficción, si uno tiene el coraje de no cejar en la búsqueda de una manera de ser y de expresarse. Sin perder el asidero en el día a día, no hay por qué renunciar al descubrimiento de nuevos mundos, aunque sean éstos de un pasado tan lejano e irreal que difícilmente se pueda compartir. Dicho esto, para no seguir enredándome en palabras que ni siquiera acabo de entender, es posible que en breve vuelva una vez más a la pintura y a su mágico universo: el viejo olor a aguarrás, la rugosa textura del lienzo sin estrenar, la tranquila claridad del fin de semana, la música que anima los corazones, el enigmático recuerdo de una sonrisa que se oculta tras un mapa.

martes, 11 de enero de 2011

Tres más uno


Un genio casi olvidado: Stefan Zweig. Me atrevería a decir que con su absurda muerte se pone fin a una etapa de Europa. Basta asomarse a cualquiera de sus obras para comprender lo que digo. En una de ellas retrata con su habitual maestría a tres escritores malditos: Hölderlin, Kleist y Nietzsche. Si la vida de Goethe se pudiera comparar con una circunferencia, por su perfección y armonía, la de estos tres poetas-filósofos se asemejaría a una parábola, por su irresistible deseo de alcanzar el infinito.

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La dulcinea griega de Hölderlin se llama Diotima. Con ella finaliza la epopeya platónica de Hyperion, en el banquete final no hay lugar para la amistad, tampoco para el amor, menos aun para los sueños de libertad de un loco visionario. Diotima sigue viviendo hoy en día, esa es la belleza de la literatura, el único consuelo de los que se asoman al alma pura del poeta alemán. La figura fantasmagórica de Scardanelli -alter ego de Hölderlin cuando éste perdió la razón- estremece por lo que tuvo de real. Con la ayuda de Stefan Zweig, es más fácil comprender el origen de este horror.

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Un seductor torturado y arrepentido: Sören Kierkegaard. Mientras Regina Olsen va de compras por la ciudad con su nuevo prometido, el filósofo danés busca a su manera comprender el absurdo de su propio comportamiento. Con temor y temblor, emulando a su admirado e incomprendido Abraham, asciende a la montaña de su propia reflexión con el recuerdo de Regina a cuestas, busca una voz procedente del más allá pero no escucha nada. Pronto sabrá que la repetición no existe, por mucho que se empeñe la Diotima de sus sueños ya no volverá a su vida.

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Si la fe tal como la entiende Kierkegaard no puede existir, entonces Nietzsche tiene razón: Dios ha muerto. Casi mejor que soportar la angustia del filósofo danés, envuelto como estaba en todos los mantos de las desdichas humanas. El único problema es que el mundo sigue existiendo, por lo que no hemos avanzado mucho en este terreno. En el fondo, el gran dilema que nos queda por resolver es el de la libertad. Los poetas se vuelven locos en un tiempo bendecido por las revoluciones, no muchas décadas más tarde el mundo enloquecerá definitivamente y atrapará en su sinrazón a un hombre genial -y ahora ya- casi olvidado.