domingo, 11 de octubre de 2009

El tiempo que pasa


Cae a plomo la tarde del domingo. Afuera se escucha el golpeo de la lluvia contra los tejados más próximos a la ventana. Apenas ocurrió nada en este día que merezca la pena ser recordado, la fecha en cuestión pasará a formar parte de esos días insignificantes en los que la vida pasó casi de refilón, sin hacer ruido. En este vacío tan del gusto de la psicología y del psicoanálisis, uno escribe sin mucho que decir, ajeno a inquietudes o preocupaciones, por ese impulso que parece nacer del puro hábito, de la reiteración de los propios actos. Ni siquiera me apetece planificar lo que haré durante la semana que se echa encima. Tal vez necesite, acaso de forma inconsciente, esta contemplación pasiva del tiempo que pasa para darme cuenta de algo importante para el futuro, pero por el momento no sé de que se trata. La tarde sosegada del domingo va llegando a su fin, Obama todavía se pregunta por qué le otorgaron el Premio Nobel de la Paz mientras Cristiano Ronaldo se lamenta al contemplar su tobillo hinchado. Afuera sigue lloviendo, ligera e intermitentemente, caen sin mucho brío unas cuantas gotas de lluvia al contacto de la madrugada.


martes, 6 de octubre de 2009

Otoño


No tengo mucho que decir sobre el otoño. Me parece una estación hecha a la medida de las personas, propicia para hacer amistades, cambiar de hábitos, percatarnos de que la vida puede mejorar si nos lo proponemos. De este periodo del año me gusta la naturaleza, tranquila y acogedora; los bosques se ponen preciosos por la combinación de tonos ocres, rojizos y verdes, mientras los caminos se convierten, tras las primeras caídas de las hojas, en mullidas alfombras por la que da gusto pasear. El otoño invita a vivir sin prisas, dormir más, perder el tiempo si uno lo quiere; se acabó ese corretear de un lado a otro tan propio del verano, estación del movimiento y de la conquista. También éste es un período que invita a la reflexión, a la escritura, a mirarse en el espejo de lo que somos y a indagar, de modo natural, en lo que nos gustaría ser. Diría que el otoño es la estación propia de la repetición, de la costumbre. No tengo mucho más que añadir en este sentido. Es un buen momento además para leer o releer una novela de Buzzati.

domingo, 4 de octubre de 2009

Madrid y el espíritu olímpico


La capacidad de autoengaño de todo un país, cuando los distintos medios de comunicación se ponen del mismo lado por supuesto patriotismo o corrección política, no tiene límites. ¿Qué justificaba que Madrid pretendiera celebrar unos juegos olímpicos tras la elección de Londres cuatro años atrás? Esto, que lo habría comprendido cualquier hipotético ser de fuera del planeta Tierra (por decir un sujeto completamente neutral a estos efectos), no lo entendió nuestro alcalde, empecinado en un proyecto condenado al fracaso desde el primer momento. Si a este amigo extraterráqueo le explican de qué van los juegos olímpicos y como se elige la sede cada cuatro años, nos hubiera dicho que Madrid, como ciudad europea, no tenía esta vez ninguna posibilidad. Que lo mismo en el 2020, bip beep bip biip.

Lo curioso del tema es que, con eso de que llegamos a la final, y de que la apertura del último sobre se produjo tras una hora y media de espera, a mí me entró un extraño gusanillo: "¿y si ganamos?" - me llegué a decir, en un comprensible ataque de autoengaño. Luego la realidad se impuso sin ninguna piedad, y en unos minutos volví a mi excepticismo inicial: "ya lo decía yo, no había nada que hacer". En cambio ahora, observado con frialdad, las posibilidades de Madrid en el futuro, ya sea el 2020 o el 2028 parecen reales, entre otras cosas porque caimos con dignidad y poniendo toda la carne en el asador, por usar el tópico.

Tal vez, como en el Quijote, la historia de olimpismo madrileño se pueda dividir en el futuro en dos partes; así como en la primera, el hidalgo manchego sale a conquistar el mundo y no hace más que recibir costaladas y coscorrones a causa de su locura (votaciones en Singapur y Copenhage), en la segunda, el hidalgo es tratado como si fuera un verdadero caballero, ya que las personas que se encuentran a su paso se han dejado seducir por su chifladura (en ese caso, los miembros del COI eligirían a Madrid arrastrados por la pura simpatía que despiertan los locos). Para entonces, lo mismo la ciudad se ha hundido por completo entre las zanjas, y lo que no es tampoco descartable, Raúl ha dejado de ser titular. En ambos casos se vería empañada la alegría por celebrar los juegos.

jueves, 1 de octubre de 2009

Mosaico de colores


El blog avanza, a la buena de Dios, sin más ánimo que el de constatar que el tiempo pasa y no hay mucho que hacer salvo esperar. Desde esta atalaya de dibujos y ocurrencias, nada tiene demasiada importancia, si acaso respetar el orden de los colores y la gramática de las ideas. Y aunque como hoy no tenga mucho que decir, salvo lo que estoy ahora diciendo, me parece un buen hábito escribir de vez en cuando para evitar la sensación de chocar, como una mosca de verano, en el cristal de la rutina de los días laborables. En el fondo intuyo que la voluntad va dictándome sus normas desde algún lugar recóndito del cerebro y yo soy un mero espectador de lo que va ocurriendo. Avanza geometría y color sin más demora, a través de un inofensivo mosaico de imágenes y palabras, con fidelidad a las leyes de Newton, a la ética de Spinoza y a la filosofía de Epicuro. ¡Vamos!

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Aquellos veranos en el pueblo...



Recuerdo aquellos veranos como si fueran eternos. Los pasábamos en familia en un pueblo de Segovia, cuyos días eran tan calurosos como frías las noches. A veces una tropa de mosquitos se adentraba en la casa de madrugada y todos amanecíamos con picaduras por todo el cuerpo. Luego los días parecían no tener fin, entre juegos, lecturas, excursiones en bicicleta y tardes enteras delante de la televisión. Los domingos íbamos a misa, escoltados por todas las viudas del pueblo, y a mí me daba la risa cuando el cura se ponía a cantar poniendo voz de falsete.

El fútbol ya ocupaba gran parte de mis preocupaciones; cuando el Madrid jugaba un torneo de verano, tipo el Ramón de Carranza, me daba una alegría inmensa ver los partidos por débil que fuera el rival (aunque normalmente me quedaba dormido en las segundas partes). Aparte del fútbol, pocas cosas me quitaban el sueño: no recuerdo, por ejemplo, haber hecho nunca deberes para el colegio, siempre me pareció que los libros de vacaciones "Santillana" estaban destinados para repetidores y nunca me di por aludido.

Tras un mes y pico de plácida rutina, llegaba por fin el día en el que había que recoger todos los cajones y mirar bien por debajo de la cama, por si se olvidaba algo. Volviamos a Madrid con el coche hasta los topes, norma de la casa; desde la ventanilla aun teníamos tiempo de ver los columpios metálicos que se extendían a lo largo del parque situado junto a la carretera. En un instante se desvanecía la realidad de todo un verano y al día siguiente tocaba madrugar, me da pereza sólo de recordarlo.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Sherlock Holmes y la amistad


Si de algo sirven las vacaciones, además de para desconectar de la actualidad por unos días y dormir la siesta sin complejos, es para retomar el hábito de leer, ese gran placer que cuesta tanto esfuerzo cultivar el resto del año.

Siguiendo una extraña costumbre, comencé la temporada estival con el primer libro de Baroja que encontré por ahí, en este caso una novela titulada "Las noches del buen Retiro". En dicha novela se narran con la gracia y malicia típicas del autor las aventuras y desventuras de un grupo de aristócratas del Madrid de finales de siglo XIX, época en la que según se relata, para solventar una disputa de honor se recurría al duelo con espada o florete, con padrinos de testigos. Hay que reconocer que el duelo, con todo lo ridículo que nos pueda parecer hoy en día, era un medio de solucionar conflictos bastante rápido, que casaba bien con el románticismo imperante de la época.

A pesar del tono sarcástico de buena parte de la novela, que Baroja publica como si la hubiera escrito un tal Fantasio, la lectura de la misma y la de "Silvestre Paradox", del mismo autor, me dejó con una sensación agridulce en el cuerpo, ya que para el escritor español no existen los finales felices y a veces ni siquiera finales en sentido estricto, sólo una última página tras la que se ubica la contracubierta del libro y un montón de interrogantes.

Tras este repaso a la particular visión barojiana del ser humano -y de su versión más alambicada, el ser español- necesitaba en verdad una buena dosis de optimismo vital, así que no dudé en lanzarme a la reelectura de algunos cuentos de Sherlock Holmes. Frente a la moral confusa y falta de energía de buena parte de los personajes de don Pío, el más famoso de los detectives literarios se erige en un coloso en defensa de la razón, la justicia y, lo que es más importante todavía, la amistad.

En efecto, al margen de los prodigiosas deducciones que realiza Holmes para desenmascarar al asesino o ladrón de turno, lo que más me conmueve de las historias de Conan Doyle es la relación de amistad que une al detective y a su biógrafo y coinquilino de Baker Street, el Doctor Watson. Una amistad que, como ocurre muchas veces, nace del puro azar, se fortalece por la costumbre a pesar de la diversidad de caracteres y desemboca, con los años, en una admiración sincera inmune a todos los avatares de la vida.

domingo, 12 de julio de 2009

De paseo por la Mosela


Si todo es, sin más, geometría y color, todos somos, en alguna medida, geografía y lenguaje, producto y reflejo de un paisaje moldeado a través de una tradición y de un idioma. Me hacía esta reflexión antropológica, impropia del momento, cuando ya de madrugada nuestro barco-sala de fiesta culminaba los últimos metros del paseo por la Mosela, el río cuyas aguas bañan los pilares de los puentes de Trier (Treveris), ciudad fundada por los romanos hace 20 siglos.

La música de Michael Jackson comenzó a sonar en la zona de baile de nuestra embarcación, momento en el que me aparté de mis pensamientos previos para dejarme llevar por el pegadizo ritmo de "Billie Jean" con una ligero movimiento de pies y hombros. Pocos minutos después, el barco llegó a su destino de Schweich, el DJ se fue a tomar una mousse de chocolate y con ello se puso fin a un agradable paseo por la Mosela, este río evocador y discotequero.

Contemplando las tranquilas aguas del río, entre bailes y fuegos artificiales, me acordé sin venir a cuento de las fiestas típicas españolas, de lo extraño que me siento entre miles de personas que desean pasarlo bien sin un plan concreto, más allá de emborracharse o sortear las embestidas de un toro en mitad de la calle. ¿Qué pensará el alemán que tiene una casita en la ladera de la Mosela cuando vea las imágenes de los encierros de los sanfermines? Seguramente pensará en lo absurdo que resulta jugarse la vida por nada.

En este tema, como en tantos otros, no tengo una opinión definida, sólo me alegro de no sentir el gusanillo del riesgo por el riesgo. Eso sí, mañana a las 8 de la mañana no me perderé el encierro. La tradición y el corazón mandan.